Devocional

Yo, Eva

La madre de todos los vivientes cuenta su propia historia.

Lectura de 3 minutos.      Génesis 2–4

Dios me formó con sus propias manos, igual que a él. Me llamó ‘ezer kenegdó: una ayuda frente a él, a su altura. Durante siglos les dijeron a mis hijas que esa palabra significaba sierva, pero es la misma que usa el salmista cuando dice que su ayuda viene del Señor. No fui creada para servir a la sombra de nadie. Fui creada para que ninguno de los dos estuviera solo.

Adán me recibió con el primer poema de la historia: “Esta es hueso de mis huesos”. A los dos se nos dio la bendición, la tierra y la tarea de cuidarla. Aprendimos juntos el nombre de las cosas.

Un día la serpiente me habló. Muchos olvidan que el texto dice que él estaba conmigo, y que calló. Yo conversé, pensé y respondí. La serpiente torció las palabras de Dios, y yo quise sabiduría. El fruto era hermoso y prometía abrirme los ojos. No voy a justificarme: elegí mal. Dudé de la bondad de quien me había dado todo. Comí, le di a él, y él comió.

Cuando Dios vino al caer la tarde, nos escondimos. Adán dijo: “La mujer que tú me diste”. Me señaló a mí y, de paso, a Dios. Yo dije la verdad: “La serpiente me engañó, y comí”. Fue una confesión, no una excusa.

Luego escuché lo que vendría: dolor al dar vida, un deseo que se torcería en desigualdad, un hombre que se enseñorearía de mí. Muchos leyeron esas palabras como el plan de Dios para las mujeres. No lo eran. Eran el retrato de un mundo roto, lo que el pecado iba a producir y no lo que Dios quería. Nadie pensó jamás que debía sembrar espinas porque la tierra las daría.

Y en medio de esas palabras duras, Dios me hizo una promesa: de mi descendencia vendría quien aplastaría la cabeza de la serpiente. La primera promesa de redención pasó por el cuerpo de una mujer.

Soy más que mi peor día.

Entonces Adán me dio un nombre nuevo: Eva, madre de todos los vivientes. Salíamos del jardín rumbo a la muerte, y él me llamó vida. Dios nos vistió con sus propias manos antes de despedirnos. Ni siquiera en el juicio dejó de cuidarnos.

Afuera parí con dolor. Al primero lo nombré yo, y nombré a Dios con él: “He adquirido un hijo con el Señor”. Después enterré a Abel y perdí a Caín, que se fue lejos cargando su crimen. Aun así, cuando nació Set, volví a decir: “Dios me ha dado otro hijo”. Seguí creyendo con los brazos vacíos.

Siglos después, Tertuliano me llamó “la puerta del diablo”. Pero soy más que mi peor día. Soy la que confesó, la que recibió la promesa, la que dio vida y siguió nombrando a Dios en medio del duelo.

Eva te habla

A ti, mujer de hoy

Tal vez también te han cargado culpas que no eran solo tuyas, o te han hecho creer que tu lugar es callar y quedarte atrás. Escúchame: fuiste creada a imagen de Dios, con dignidad plena, para caminar al lado y no debajo. Tus errores son reales, pero no son tu nombre. Dios no te define por tu caída, sino por su promesa.

No leas tu vida desde el castigo. Léela desde la gracia que te sigue vistiendo con sus propias manos. Piensa, pregunta, habla y confiesa sin miedo. Y cuando la vida te duela, haz lo que yo hice: vuelve a nombrar a Dios. Tú también eres portadora de vida.

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